Correr

Empecé a correr por pura envidia. Fui a animar a un amigo a la San Silvestre hace un par de años y en cuanto llegué a la puerta de Alcalá deseé estar allí en medio. Corriendo con ellos. Mirándolo desde el otro lado. El PEQUEÑO problema es que no había corrido en la vida. Más allá de en las clases de educación física, en los tests de cooper y en aeropuertos en los que se me escapa(ron)ban aviones. Y ninguno de esos tres recuerdos son buenos.
Pero aquello era diferente. Iba a correr por voluntad propia, sin prescripción médica. Así que esa semana me colé entre gente que buscaba regalos de última hora y me hice con el look total. Zapas, cortaviento, mallas con tejido reflectante, calcetines (sí, a mí también me convencieron) y brazalete para llevar el iphone. Cuando llegué a casa me descargué Nike+ y busqué playlists. Y bueno, lo guardé todo en un cajón algún tiempo, porque hacía un frío de pelotas y porque soy buenísima buscando excusas.

Pero al final salí. La idea era dar una vuelta por el Retiro. En Gran Vía ya no podía más. Y al final creo que no llegué a hacer ni 4 kilómetros, pero de vuelta casi pido un taxi y una transfusión de sangre. Llamé emocionada a mi padre que me respondió con una frase de esas que inspiran, de las que quieres colgar en Pinterest con alguna tipografía chula: “si es que tienes menos fondo que una lata de sardinas”. Yo sigo pensando que tenemos antepasados vascos.

Seguí corriendo. Cada vez un poco más. Salía cuando me dolía algo. No importaba mucho si el dolor era físico o mental. Recuerdo que llegué a correr llorando alguna vez, no recuerdo porqué pero sé que volví a casa bastante más tranquila. Nunca seguí una rutina, algunas semanas salía 3 días y otras ninguno. Paré en verano. Luego cambié el Retiro por la cinta. Y Madrid por Barcelona.

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Y el 31 de diciembre corrí la San Silvestre. Nunca había corrido más de 8 kilómetros seguidos, pero pensé ¿qué son 3 kilómetros más? Ese día fue, más o menos, la distancia que separa Williamsburg de Zamora. La acabé por narices y por no darle la razón a mi padre, posiblemente. Y me faltaba entreno, desde luego. Pero al acabar cambié las zapas por unos tacones, la cuesta de Vallecas por el Passenger y el Gatorade por un Old Fashioned.
Y aquí estoy, un año después, esperando a que salgan las inscripciones. Entrenando 3 veces por semana para conseguir correr un medio maratón el año que viene lo que sea que me motiva a ponerme las zapas, que todavía no me queda muy claro. Y disfrutando del sufrimiento.

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2 comentarios en “Correr

  1. En primer lugar, los vascos nacemos donde nos sale de los c*****s y no es de extrañar porque si miras un mapamundi de Bilbao no queda lejos jejeje!!!

    En segundo lugar, mi más sincera enhorabuena, yo llevo unos meses saliendo a correr de forma totalmente aleatoria y sin ton ni son, pero bueno el hecho de salir de vez en cuando ya es un pasito. Ojalá se me acaben pronto las excusas y pueda disfrutar tanto como tú dandole caña a las zapas.

  2. A mi me pasó algo así, empecé a correr por envidia y no duré ni dos días. Luego lo volví a intentar, con total look y playlists en condiciones y antes de poder coger una especie de “rutina” me mudé a Barcelona centro. Así que aquí estoy, tirada en el sofá…

    http://www.articoreblog.com

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