Cosas que llegan con el sol

Este año el sol me ha pillado en una ciudad con mar.
Y se le recibe diferente, claro.
Que los domingos siguen siendo los días del vermú, eso sí.
Pero ahora en el suelo hay arena en lugar de servilletas.
Y las terrazas de la Latina ahora están en la Barceloneta.
Igual de petadas, para qué vamos a engañarnos.

Y he sacado la ropa de verano. Y ha pasado esto:

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Y entre la nueva y la otra hay tanto que soy incapaz de deshacerme de ellas.
Han recorrido toda la costa azul y jamás tuvieron celos de los tacones por los que las cambiaba cada noche.
Se mojaron mientras guiaban a gente bonita hacia mi rincón secreto en Cadaqués.
Han caminado bajo el solazo de Formentera, de Ibiza y de Menorca en busca de “esta que, de verdad de verdad, es la mejor cala de toda la isla”.
Se han bañado en Pomada. Y hasta en gintónics, pero de esos que se sirven en vaso de plástico en el que aparece el logo de cualquier marca de cerveza. Porque en verano nos importan menos que nunca los frutos del bosque y las dichosas copas de balón.
Y han vuelto llenas de arena y han cruzado la Gran Vía mientras temían deshacerse sobre unas calles que, en esos días, son más magma que asfalto.
Y mucho más. Lo mejor. Todo lo que se quedó en esos veranos.

Y ahora estoy deseando ver qué me van a contar las nuevas el año que viene.

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