cumpleaños

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Tengo por costumbre cumplir años cada 30 de julio. Y este año no ha sido menos. Y he hecho un pastel cursi para celebrarlo y he soplado confeti.
Gracias a todos por las felicitaciones, la buena energía y las palabras bonitas. ¡Así da gusto!

julio desde mi iphone

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El verano en Barcelona pasa entre mar y conciertos. El último ha sido el Cruïlla donde nos marcamos unos bailoteos al ritmo de Band Of Horses, Vetusta Morla, Nueva Vulcano, Macklemore, Jack Johnson y Calle 13.

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Nuevas adquisiciones de las que no me separo: mención especial para mi camiseta de ET. Gafas y peces que dan la hora de Komono y dos libros que me han hecho mucha ilusión: uno que llegó directamente desde Instagram y otro lleno de islas por descubrir que me regaló la preciosa Aiala Hernando.

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En Madrid, en verano, me escapaba a las piscinas en busca de… oh, wait. Dejo que os lo explique Rafa en este post que podría ser mío. Y de vuelta a Barcelona entiendo porqué echaba tanto de menos el mar. No eran los chiringuitos, ni los helados con el bikini todavía mojado, ni el olor a crema solar, ni siquiera el arroz a banda. Lo que necesitaba era estar bajo el agua con más frecuencia. Escaparme allí todo el rato que necesitara, y salir siendo más feliz. Solo (y todo) eso.

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El mar, el arroz negro (que en el Empordà no se hace con tinta de calamar sino con un sofrito de cebolla, que es lo que le da el color oscuro) y bajarse una botella de vino frente a esas vistas, claro.

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Esto, que podría ser Menorca o el paraíso, es Begur y está a una hora en coche de casa. EPIC WIN.

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Aunque, a veces, salir a la superficie ha merecido la pena. Por ejemplo: ir a escuchar a Rafa Soto, desayunar con Eva Morell, inventar cualquierplan con Marta o celebrar por adelantado mi cumple poniéndome gocha en Dos Palillos y en Tickets con Alfonso, que es mi foodie favorito.

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Este mes también he hecho mi bautizo de mar con papahedwig. Cuando era pequeña nos pasábamos horas haciendo snorkel, así que fue un bonito recordatorio. Me habría pasado allí horas.

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Y entre tanto, sigo disfrutando del mejor chai tea del mundo, descubrí Carlota (qué bien comimos, madremía) con Jesús y Marta y estrené estos cascos molones de Molami.

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Ah! También descubrí casi de casualidad Be Store. Está en la Diagonal, venden cosas súper chulas y además tiene un patio maravilloso para tomarse un café o una limonada fresquita.

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Y, para acabar el mes por todo lo alto, le montamos una fiesta sorpresa a Alba por sus 30 veranos. Más agua.

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Yogures

No me gustan los bebés. O yo no les gusto a ellos. Quiero decir, no es que les odie. Me parecen una monada, con sus manitas pequeñas balbuceando mientras están en brazos de SU madre. Pero cuando yo intento agarrarlos empiezan a llorar como si no hubiera un mañana. Apunte: soy una chica. Eso, si no recuerdo mal, quiere decir que tengo útero y todos los demás cosos que me permiten engendrar vida. Lo que no me contaron es que el instinto maternal se vendía aparte. Y ahora me encuentro balanceándome sobre los 30, comprando cosas adorables en tallas que soy incapaz de recordar, para los hijos de mis amigas. Y ellas son felices, mogollón. Y les ha cambiado la vida. A mí me cambió la vida Siddhartha, vivir en el centro y saber que hay que decir NO a los chupitos de Jager. Y soy feliz, palabrita. Pero no, no quiero tener descendencia. Con un plus: vivo instalada en una soltería voluntaria desde hace años. Dejé psicología a la mitad, pero creo que la cosa debe andar entre el “tiene miedo al compromiso a largo plazo” y el “no quiere madurar”. Dice un amigo que empiezas a madurar cuando tomas decisiones. Lo que no sabe mi amigo es que, siendo chica, la cosa tiende a complicarse. Veamos, imaginemos que es navidad y que vuelves a casa de tus padres donde te espera una cantidad obscena de comida, alcohol y anécdotas de esas que hacen feliz a tu madre y tú rezas para que no salgan de esa mesa. Imaginemos también que eres una chica independiente, tu trabajo te hace feliz y que, en general, tienes la vida que deseas. Tu familia entenderá “independiente” como “a tu edad y soltera”, tu trabajo como “eso a lo que le dedicas demasiado tiempo” y tu vida en general como un “bueno, pero algún chico habrás conocido”. Imaginemos ahora esa misma situación en bodas de amigos, bautizos, cenas de antiguos alumnos y cualquier reunión social en la que la media de edad supere los 30. Yo no quería meterme en este jardín, pero alguien tenía que hacerlo. Amigos, conocerse a uno mismo mola. Y acojona. Porque lo ves todo y todo es demasiado. Pero merece la pena, de verdad. Viajar solo, vivir solo, ir al cine solo, el silencio. Es un gustazo y engancha. Y ahí es donde empiezan a darte igual los comentarios, donde te diviertes cómo y con quien quieres, donde dejas entrar en tu espacio a quien te parece y donde amas desde las tripas. Porque los yogures igual sí, pero el amor y el para siempre no es un pack indivisible.