Nuevos formatos

Hace algún tiempo, una amiga me dijo que no sabía qué tenía que hacer para que su bebé dejara de llorar. Que en algunos momentos sentía que no le compensaba. Que quería recuperar el sexo y la intimidad. Que nadie le había dicho que iba a llorar de impotencia. Que no sabía ser madre. Y me lo decía muy bajito, con la voz rota de miedo.
Y es verdad, nadie habla de eso. Yo creo que, en realidad, las madres veteranas no se lo cuentan a las jóvenes para que no nos extingamos como especie.

Meses más tarde, hablando con otra amiga sobre el amor y las relaciones, dije algo así como “igual ya no sé ser novia”. Muy bajito, con la voz rota de miedo. Porque cuando te instalas en una soltería que crees vocacional, te acostumbras a escucharte, a tomar decisiones basadas solo en ti. Desaparecen los plurales. Has visto, además, el lado oscuro y has presenciado todos los dramas matrimoniales de tu entorno. Y es algo parecido a lo que sientes cuando pillas a tus padres dejando bajo el árbol los regalos de navidad. Que sí, que vas a tener regalos igual, pero se rompe la magia.

Que tú querer, quieres. Ojo. Y se te pone el corazón muy rojo pero no (te) le haces caso. Hasta que te ves un día, en mitad de una cena, escuchando a un chico muy mono hablar sobre cosas que él contaría mejor. Y entiendes que le compares con quien le compares, gana siempre. Y es una putada bonito. Así que te disculpas y te tomas la copa en casa, sola, intentando entender a qué narices juega tu cabeza. Y decides que igual lo único que hay que hacer es sentir. Que se puede creer en el amor y no en el matrimonio (el creo-en-dios-pero-no-en-la-iglesia de toda la vida). Y que con esa base se puede todo, hasta inventarse un formato nuevo. Que no sabes cómo debería ser, pero que ojalá incluya un montón de (sus) buenosdías.

London [THE END]

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Se me había quedado este post en borradores [aplausos] pero allá va.

La última entrada sobre Londres, ha sido el primer verano en el que cambié el bikini por el abrigo. Y me he quejado (hola Arco). Bastante. Del frío, de la lluvia, de estar de color blanco acelga en pleno agosto. Y he repetido una y mil veces: con lo bien que estaría yo en Formentera. Pero Londres me hizo, una vez más, valorar mucho más esta ciudad tropical en la que ando ahora. Me regaló charlas con Txell (gracias por no infartar cada mañana al verme con el antifaz). Me devolvió los cafés calentitos con Sara. Y me metió en la maleta arte, risas y mucho folclore de la mano de Fer.

Y este punto y aparte se lo dedico a minihedwig mi hermana, por los dinosaurios y Harry Potter. Y por odiarme solo un poquito cada vez que me escuchaba decir: bah, los americanos molan más.

Ganazas de la próxima aventura.

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Cadaqués

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Octubre me ha regalado un bonus track del verano. Solazo, chapuzones y tramuntana en Cadaqués, otra vez Cadaqués. Con todas las rutinas, porque allí hasta las rutinas son buenas: la calita secreta, el agua fría, el pescado que sabe a mar, las rocas y la buena gente.

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